La caja de acero inoxidable con protección exterior tipo shroud transmite esa esencia robusta, casi de tanque de buceo, que conquista a los nostálgicos de los Seiko más extremos. La corona es roscada, los índices generosos y el lumen ofrece un rendimiento sobresaliente en la oscuridad. A nivel estético, su ADN es inconfundible: este reloj no pretende esconderse, y tampoco lo necesita.
En su interior late un movimiento automático Seiko NH35, uno de los calibres más fiables dentro de la relojería asequible. Cuenta con carga automática, posibilidad de cuerda manual y la precisión que ha hecho célebre a este mecanismo. El cristal de zafiro lo protege frente a arañazos, mientras que la correa de silicona, sin ser lujosa, resulta cómoda desde el primer uso. La trasera, aunque ciega, luce un grabado distintivo.
Por menos de 70 euros, es difícil encontrar rivales que combinen zafiro, calibre Seiko y una estética tan marcada. No es extraño que despierte comentarios en los foros especializados y que, al llevarlo, arranque miradas cómplices de quienes entienden de relojes.
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